Volumen II

El desmerecimiento gratuito, la infravaloración del rival, la pérdida de respeto hacia la valía del adversario. Todo esto es lo único que veo en el debate político diario. No voy a entrar en debates sobre quien descalifica más o menos, no es a donde quiero llegar, el problema aparece cuando aquellos quienes lo contemplamos no movemos un músculo por denunciarlo o impedirlo. Aquellos que nos deben guiar hacia un mundo mejor se enredan en discusiones demagógicas, en vez de usar las herramientas del estado de derecho, por el cual han luchado nuestros antepasados, para obtener con él el máximo rendimiento, teniendo como único objetivo el bien común.

Esto no solo ocurre en nuestro panorama político, pero también en el panorama social. Solo veo la búsqueda del fallo, el desprestigio del culto o del inteligente, del hábil o el bello, preferimos lo banal o vulgar, el incompetente o el gracioso, aquello que nos hace pensar o mejor dicho ver la realidad no lo queremos cerca. No queremos contextos ni razones, queremos eslóganes.

Elogiar a quienes sobresalen supone un reconocimiento hacia aquel que con habilidad ha conseguido sobresalir entre el colectivo con mayor o menor repercusión, a la vez  se reconoce que el resto somos menos especiales. El remedio para esto es fácil, simplemente es ahondar en la condición humana e intentar que los trapos sucios de la victima salgan a flote, mostrar aquellas intimidades que cualquier ser humano del planeta que se precie debe poseer o padecer. Aquel que diga lo contrario es un mentiroso o muy infeliz.

Con ello conseguimos que el ser que destaca bajarlo al nivel del resto de los mortales, es otro humano más y con ello obtenemos felicidad y satisfacción. A la gente no le agrada ver a gente mejor que ella, pues nos muestra que nosotros tenemos una serie de limitaciones físicas o intelectuales, y no trabajamos cada día ni pagamos nuestra hipoteca para que luego tenga uno que estar callando por no saber de algo, o dando la razón a quien me la quita, o simplemente no tenemos músculos donde deberíamos, para eso no mantenemos el sistema, queremos nuestra dosis gloria y es aquella en la cual la multitud obtiene una victoria cada vez que alguien es subyugado a la opinión y voluntad del pueblo, a pesar que este no tenga razón. Cuando alguien es marcado por la sociedad ya difícilmente puede quitarse esa cruz, aunque sea injusta.

Esta claro que estoy generalizando, pues existen muchos colectivos que no actúan así, pero son la excepción, y su fuerza es débil ante aquellos que trabajan día a día para fomentar y sostener este sentimiento colectivo. Aun así resisten, y son la luz que nos puede guiar a ser mejores, siempre y cuando no nos pise el sistema, pues su compasión es cero y te vigila.

Tener cuidado compañeros, el siguiente podéis ser vosotros, o yo, y ya nunca más se sabrá de vuestros logros, simplemente seréis absorbidos por la comunidad y os volveréis anónimos e infortunados que es lo que agrada.

“La naturaleza ha hecho al hombre feliz y bueno, pero la sociedad lo deprava y lo hace miserable.”  Jean-Jacques Rousseau

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2 comentarios en “Volumen II”


  1. […] Leer más… Sin ánimo de lucro, 12:48 – Archivado en Miscelánea, Sociedad. menéame […]

  2. Steam Man Says:

    Ahí te he visto habil! jujJUJU SI o SI


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